Para saber lo que pasa por aquí...

La venganza del árbol envenenado

El Alcalde de Oleiros, D. Ángel, cumple sus amenazas.

El lunes anunció en la cadena COPE que instalaría hitos recordando los árboles perdidos por la acción de algún vecino molesto por las vistas perdidas tras las ramas.

No tardaron en recordarle los pormenores de su leyenda.

Cuenta esa leyenda que el propio alcalde fue visto, en bata y zapatillas, señalando con su dedo los árboles que impedían las vistas del castillo desde su galería ‘presuntamente’ ilegal. Se estaba completando la urbanización del Parque de As Galeras.

Como en toda leyenda, habrá una parte que es verdad: el alcade, seguramente, tendrá unas zapatillas (aunque sean de esas que te regalan por navidad) y tiene aspecto de ser ‘hombre de bata’ en su casa; y los árboles, evidentemente, estaban y, lo más seguro, es que no fuesen ‘transparentes’.

Y habrá otra parte que sea lo que, en narrativa, llamamos ‘eufemísticamente’ exageración; que puede ser una pequeña parte, una parte o una gran parte.

La discusión se queda ahí, porque sea lo que sea que pasase esa mañana de otoño frente a la galería del alcalde, se quedó entre los presentes. Los árboles ya no están. La galería, tampoco.

Tampoco da para mucho más porque pocos Concellos pueden presumir de su apuesta por la conservación y la ecología como este. El impulso que recibió el proyecto Reserva de la Biosfera para Mariñas Betanzos desde aquí fue decidido, entre otras cosas, porque el coste político de las obligaciones urbanísticas y medioambientales ya estaba amortizado. Obviamente, amortizado por el alcalde, que lleva de alcalde, con el permiso de Esther, más de 30 años.

Y es que muchos árboles estaban y ya no están. Y no pasa nada. Muchos árboles molestaron para hacer carreteras, para hacer tuberías, para poner farolas; y esas cosas se hacen y ese árbol, se traslada, se tala o se termina muriendo.

Que un vecino provoque la caída de un platanero porque le afecta en sus vistas o en el soleamiento de su casa, que se llena de bichos en verano; pues también es algo que, como Corporación Municipal, hay que atender, quizás no ‘entender’ pero sí ‘atender’.

Aquí mismo hay una palmera que se mete por la ventana de un primer piso. Esa misma palmera afecta, con sus raices la pared del muro de la casa, la tubería de la red de pluviales, que ya sufrió dos derrumbes (socavones en la calzada) y la de la traída; que, desde hace casi un año, pierde agua.

Veamos si no tenemos que revisar nuestro concepto de la ecología. El de Oleiros está claro: conservar, mantener y facilitar el uso de espacios naturales; verdaderas joyas en nuestro entorno sobreutilizado urbanísticamente. Con mayor mérito aún, cuando somos el Concello con más población de la Comarca después de A Coruña.

En ese sentido, la teoría ecologista del ‘salvemos los árboles’ (que está muy bien porque, evidentemente, los árboles bien merecen ser salvados) es a la ‘Ecología Humana’ lo que la obra de Eduardo Pondal a la Historia de Galicia.

Dejando a un lado su visión mística del pueblo celta y su corrección histórica, Eduardo dejó a la posteridad cuatro (en realidad cinco) colecciones de poemas en varios idiomas que, al menos, da gusto leer; uno de ellos, letra de nuestro himno nacional.

Sin embargo, los carteles instalados ayer rozan el esperpento más absoluto, es una idea digna de las novelas de Valle Inclán; y son de lejos, lo más horroroso que he visto instalar por parte de un Concello en las calles de su pueblo, con permiso de aquellos espantosos carteles del Plan E.

La sola idea es indigna; no sólo de ser vestida de ese ‘ecologismo’ de pandereta sino de un Concello como Oleiros. Es como el magnolio muerto en Los Cantones de A Coruña porque los chavales mean en él durante el botellón. No confundamos los problemas, por favor… este (y el nuestro) no son problemas ecológicos.